CONTABA MI MAESTRO.

CONTABA MI MAESTRO.

Contaba mi maestro una parábola de los evangelios. Se llamaba mi maestro don Joaquín, amigo de mi padre, e hijo de médico, que recuerdo tenía una calle en Linares mi pueblo.
Aquel buen hombre don Joaquín, conocedor de los evangelios, junto al libro de religión que se llamaba, Hemos visto al Señor, me formaron en la piedad cristiana, desde pequeño.
A mis cinco años ya oía del cielo y del infierno, del lugar maravilloso que estaba arriba y del lugar infernal, donde todo era llanto y crujir de dientes, y donde siempre era de noche y el gusano no muere.
Reconozco que mi existencialismo del porqué de las cosas y de las ideas empezó, por aquella época, y tengo que posicionarme y voluntariamente, en que me fascinaban aquellos temas.
La parábola del rico Epulón y el pobre y mendigo Lázaro era narrada, con los caracteres de historia y el carisma de la fe, que transmitía don Joaquín,
Y así la recuerdo.
El rico Epulón era muy rico, y el pobre Lázaro era muy pobre. Siempre daba grandes banquetes en los jardines, y las migajas y sobras de las comidas antes de dárselas al mendigo que se ponía a las afueras, eran dadas a los perros por orden del gran señor.
Pasados los años, murieron el rico y el pobre. Y llegaron a verse. El pobre Lázaro estaba en el seno de Abraham y el rico estaba en el Seol, donde con gran dolor y con grandes gritos le decía al pobre llamándole por su nombre.
Lázaro, Lázaro, dame un vaso de agua, y a lo que le contestó el mismo Lázaro que no podía.
Volvió a decirle el rico, dame una gota de saliva, y a lo que le contestó el pobre que no podía.
Y entonces le dijo el rico Epulón, por favor Lázaro, haz que alguien vaya a mi familia, y le diga que es cierto que existe el lugar de tormento, donde existe el llanto y el crujir de dientes.
Lázaro le respondió, que en la tierra ya había profetas.
Mi maestro do Joaquín, concluía diciendo que nadie había venido del otro mundo, pero que esa historia era contada en los evangelios por Jesús, el que resucitó de los muertos.
Mi interés evangélico, desde pequeño me atraía, motivado por aquel maestro.
La muerte de mi padre cuando yo tenía nueve años, me dieron pie casi sin darme cuenta a pensar y a meditar desde muy pequeño.
Han pasado algunos años, y lamento que en la pedagogía actual, estas maravillosas historias de tradición cristiana y evangélica hayan sido sustituidas, por no decir anuladas.
Y Dios quiera, porque soy creyente, ver un día a ese maestro don Joaquín junto a Lázaro.

Antonio Martínez de Ubeda